Uno de los puntos centrales de nuestro proyecto reza: “Gracias a la resolución emitida en 2016 por la Organización de las Naciones Unidas, el acceso a Internet es ahora un derecho humano”. Probablemente se hayan preguntado si nos equivocamos, pues en la lista de los 30 derechos, no existe ninguno que diga de manera explícita que esta tecnología de la información sea parte de la Declaración de los Derechos Humanos.

Generalmente, pensamos en Internet como un privilegio: comparamos nuestros planes de datos, compartimos la lectura de velocidad de nuestra conexión hogareña en redes sociales y, al adquirir un nuevo smartphone, revisamos qué nos ofrece cada proveedor de servicios. Bajadas, subidas, descargas, todo gira en torno a sus costos y beneficios. Y, en ocasiones, nos olvidamos de sucesos importantes.

Primero, hagamos un poco de historia ¿Recuerdas 1995? Prácticamente nadie poseía acceso a Internet. De hecho, solo el 1% de la población mundial podía usarla. Algunos años después, seguía siendo una suerte de lujo, pues en la mayoría de los hogares, no podíamos acceder a Internet a menos de que fuese a través de un módem telefónico, lo cual significaba dejar inactivo el instrumento de comunicación más socorrido e inmediato: el teléfono. La infraestructura creció rápidamente y los enlaces DSL hicieron su aparición. Eventualmente, la fibra óptica nos ofreció velocidades que habrían dejado boquiabiertos a nuestras versiones más jóvenes, quienes en un buen día tenían descargas de 56.6 kbps. Sí, kilobytes por segundo.

Hoy, proveedores en diversos países otorgan paquetes de entre 10 y 1,000 Mbps.

La comunicación ha cambiado de manera acorde. Pasamos del teléfono y servicio postal al correo electrónico, los blogs, mensajeros instantáneos y redes sociales. De manera inmediata, nuestros amigos y familiares del otro lado del mundo pueden hablar con nosotros a través de llamadas de voz y video, mensajes de texto y revisar cómo anda nuestra vida a través de las imágenes que compartimos en todo momento a través de una red social. Agendamos juntas, escuchamos música y le avisamos al mundo qué es lo que vamos a cenar con un par de toques a una pantalla.

 

Sin embargo, esa nueva ruta de información no es exclusiva de las actividades lúdicas y relajantes. En 2006, después de un ataque terrorista al aeropuerto de Estambul, el gobierno de Turquía cerró los canales de comunicación del país, particularmente las redes sociales. Otros países con este tipo de regímenes han tomado acciones similares, debido a que en numerosas ocasiones son los propios ciudadanos quienes informan al resto del mundo lo que en realidad está pasando detrás de las fronteras. Por otro lado, al ocurrir desastres naturales, como los sismos e inundaciones, los medios de comunicación tradicionales se saturan y por medio de las apps de mensajería, las personas pueden localizar y asegurarse de que sus seres queridos hayan salido ilesos.

Todo ello nos lleva a la resolución de las Organización de las Naciones Unidas que, publicada en 2016, nos habla de que debe aplicarse un acercamiento basado de manera comprehensiva en los derechos humanos al proveer y expandir el acceso a Internet y que Internet debe ser abierto, accesible y alimentado.

De entrada, podemos ver que nuestra visión no está equivocada. Pero expliquemos un poco más:

Como ya lo señalamos, Internet es, básicamente, un sistema de comunicación. Primero entre computadoras, pero finalmente y aún más importante, entre personas. El uso de Internet, además de facilitar nuestra rutina laboral diaria, también nos otorga un arma poderosa: el acceso y la difusión de información. El articulo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión. Dado que Internet es una de las herramientas más socorridas para expresar dicha libertad, el acceso a esa herramienta es de tremenda importancia.

 

El artículo 26 de la misma carta establece que la educación debe ser gratuita. Y aquí hacemos una pregunta ¿Cuánto has aprendido gracias a Internet? ¿Has tomado clases en línea? ¿Cuántas veces, al haber un desperfecto en tu hogar, tu reacción ha sido buscar instructivos y videos? Todos lo hacemos cada día, pero aquellos que menos tienen, se quedan sin esa educación, simplemente por no poder costear una conexión.

Y es aquí que llegamos a un punto clave de nuestro proyecto: el artículo 25.

“1. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.”

Como ustedes saben, nuestra meta es ayudar a que aquellos en desventaja, puedan salir de los índices de pobreza en los que se encuentran. La pobreza no es simplemente una falta de dinero, es una condición que se origina por diversas causas. En SID, creemos que el que aquellos que no pueden pagar el costo mensual de una conexión no tienen por qué ser privados del acceso a Internet y por ello lanzamos nuestra app, que por medio de su creciente comunidad, puede llevar una señal de Internet a quienes más la necesitan. Por medio de ello, las personas en condiciones de pobreza pueden acceder a las múltiples oportunidades que presenta Internet: búsqueda de empleo, información y educación, lo cual de facto, hace que salgan de los índices de pobreza, expandiendo de manera extraordinaria las posibilidades de mejorar sus vidas.

De nuevo, Internet no es uno de los 30 derechos humanos de manera explícita, pero está integrado en muchos de los aspectos de la vida diaria. El derecho a la educación, información, a expresar tu opinión. El acceso a ello es la puerta hacia el conocimiento y el crecimiento que los desprotegidos ven siempre cerrada. La misión de SID: mantener la puerta abierta para siempre.